Zac Poonen: El Propósito De Los Fracasos
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CAPÍTULO UNO
EL PROPÓSITO DE DIOS EN LOS FRACASOS DEL HOMBRE
Leamos San
Lucas capítulo 22, el
versículo 31.
Aquí leemos que Jesús
advirtió a Pedro de un peligro que le quedaba por delante. Le dijo:
"Simón, Simón, he
aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo
he rogado por ti, que tu fe no falte;
y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos".
Todos sabemos que Pedro negó al
Señor tres veces aquella misma noche. En el versículo 334, leemos que Jesús le dijo a Pedro:
"Pedro, te digo que el gallo no
cantará hoy antes que tú niegues tres veces que me conoces".
Lo que yo quisiera compartir con ustedes esta
mañana es el propósito de Dios en los fracasos del hombre. Esto
nos animará a tener esperanza si nos sentimos frustrados y desanimados
por nuestros fracasos.
La primera pregunta que vamos a considerar es
ésta: ¿Permite Dios los
fracasos? ¿Habrá algún propósito en los
fracasos? ¿O será posible que los fracasos no tengan
ningún propósito dentro de la perfecta voluntad de Dios y son
algo que Dios no puede usar para adelantar sus propósitos?
Al leer este pasaje, vemos que Dios no
impidió que Pedro le negara. ¿Por
qué no le dijo Jesús: "Simón, yo he rogado por ti, que no me niegues siquiera una vez".
¿Por qué oró el Señor únicamente que no
faltara la fe de Pedro, aunque Pedro mismo cayó en un pecado?
¿No es interesante que el Señor nunca oró
que Pedro no cayera?
Algunos de nosotros quisiéramos que el
Señor orara por nosotros para que nunca cayéramos. Cómo
nos gustaría que el Señor nos dijera: "Hijo mío, hija
mía, yo he orado por ti, para que nunca
caigas, y para que nunca
falles". Pero lo raro es que el Señor nunca ora tal petición
por nosotros.
¿Qué fue lo que Jesús
pidió respecto de Simón? Que cuando Satanás le tentara, no
faltase su fe. No pidió que Pedro no cayera en la
tentación, sino que no le fallara su fe en el perfecto amor de Dios
cuando cayera, de modo que cuando Pedro alcanzara el fondo del foso del
fracaso, todavía pudiera confesar: "Dios todavía me ama".
Esto es la fe, y ésta la
confesión que siempre tenemos que tener en los labios y en el
corazón - por profundo que nos hayamos hundido o caído - que
Dios todavía me ama".
Ésta fue la confesión del hijo
pródigo. Cuando se había hundido tan profundamente que ya no le
era posible descender más, todavía creía que su padre la
amaba. No puedo imaginarme que alguien podría hundirse más que el
hijo pródigo - comiendo lo que comían los cerdos. Aquel muchacho
había alcanzado el fondo del foso. Pero estando allí en aquel
foso, se acordó de una cosa: Su padre todavía le amaba. De
otra manera jamás habría regresado a casa. Digamos que
había oído que su padre había muerto y que ahora su
hermano mayor dirigía los asuntos de la casa, ¿piensas que
habría regresado? No. El bien sabía cómo era su hermano
mayor. Y sabiendo esto, jamás habría regresado allá.
Regresó únicamente porque sabía que su padre le amaba.
Hay pecadores que nunca llegan a algunas
iglesias porque sienten que el pastor o los ancianos allí son como aquel
hermano mayor de la parábola. Si es así, no les podemos echar la
culpa a los pecadores por no llegar. Pero si los ancianos de una iglesia son
como aquel padre, los peores
pecadores llegarán a aquella iglesia buscando la salvación de la
misma forma que llegaron a Jesús. Nuestra
iglesia debe ser tal que el peor pecador puede sentirse libre de acudirnos y
hallar la salvación entre nosotros.
Hay esperanza para todos los que han fracasado
totalmente, para los que han arruinado sus vidas y para los que han alcanzado
el fondo del foso. A partir de allí, el Señor puede levantarte y
llevarte a las alturas de la gloria. Su oración por nosotros es que en ningún momento falle nuestra fe en
el amor de Dios.
Si no necesitas este mensaje hoy, querido
hermano y hermana, no hay duda que lo vas a necesitar algún día
en el futuro... cuando llegues hasta el fondo del foso. Acuérdate de una
sola cosa en aquel día: Dios todavía te ama, no
importa dónde estés ni a qué honduras has caído. En
aquella hora, que no falle tu fe en el amor de Dios.
Básicamente, la fe es creer que Dios
todavía nos ama. No ama nuestro pecado. No
quiere que sigamos en nuestro pecado. él es
como un padre que ve las enfermedades que afligen a su hijo. Cómo
aborrece esas enfermedades. Pero ama a su hijo. Piensa en una madre que ve a su
hijo lleno de lepra o de tuberculosis. Aquella madre ama tanto a su hijo, pero
aborrece aquellas enfermedades de todo su corazón. Dios ama a los
pecadores pero aborrece su pecado.
Vemos el
amor de Dios para los pecadores y su
odio al pecado en la cruz del Calvario. Su amor a los pecadores se ve en
que Él permitió que Jesús muriera en la cruz por nosotros.
Su odio al pecado se ve en que dio la espalda a Jesús cuando
Jesús llevaba sobre sí los pecados del mundo en la cruz.
A veces la gente pregunta cómo un Dios
de amor puede mandar a la gente al infierno. ¿Cómo es el
infierno? El infierno es un lugar que Dios ha abandonado por completo - un
lugar donde no es posible hallar a Dios. Es por eso que aún queda tanta
bondad y tanta hermosura en esta tierra. Por ejemplo, mira la hermosura de la
creación. Mira la decencia y la bondad que existe en tantos seres
humanos. A los demonios les gustaría poseer a TODOS los seres humanos,
pero no pueden, porque Dios ha levantado un muro protector alrededor de la
gente para que los demonios no puedan hacer lo que les dé la gana.
Además, es la misericordia de Dios que le da al hombre salud,
prosperidad y muchas otras comodidades. Dios ha derramado todas estas
bendiciones tanto sobre buenos como sobre malos. Todo esto es una prueba de que
Dios no ha abandonado este mundo. Pero el infierno no es así. En el
infierno no hay ni una gota de misericordia - porque el infierno es un lugar
verdaderamente desamparado de Dios.
Hay tantas virtudes en mucha gente inconversa
de este mundo, porque las influencias de Dios aún permanecen sobre
ellos. Pero media vez van al infierno, aquellas mismas personas se
volverán tan malos como el mismo diablo -
porque la misericordia de Dios ya no estará presente en sus vidas.
En el infierno, la gente conocerá por
primera vez en su vida lo que es ser totalmente abandonado por Dios. Eso fue lo
que experimentó Jesús en la cruz. Jesús experimento el
infierno en la cruz durante aquellas tres horas de tinieblas, cuando realmente
Dios le dio la espalda. En esto podemos ver cuánto aborrece Dios el
pecado.
Pues, ¿cuál es la respuesta? ¿Será
que un Dios de amor puede mandar a la gente al infierno? La respuesta se halla
en la contestación de la pregunta siguiente: ¿Fue posible que un
Dios de amor permitiera que su propio hijo aguantara los dolores del infierno
en la cruz cuando los pecados del mundo estaban sobre Él? Si Él
pudo hacer esto, también puede mandar a la gente al infierno. Un Dios de
amor dará la espalda a los que persisten en pecar, los cuales le dicen a
Dios: "Yo no voy a escuchar tu voz. He escogido agarrar mi propio camino
y por el andaré para siempre".
En mis propias palabras, Proverbios 29:1 dice lo siguiente: "El hombre que rehúsa aceptar la corrección
un día será destruido repentinamente y no le será dada
otra oportunidad". Si un hombre sigue rehusando las amantes
invitaciones de Dios, está en grave peligro.
Ahora, no quiero que se sienta condenado
ninguno de ustedes, mis hermanos y hermanas super-sensibles
al oír esto. Porque este versículo no fue escrito para los
que caen
en pecado, sino para advertir a los que aman el pecado y que desean continuar
en él. No fue escrito para los que tratan de vivir en pureza pero que
siguen cayendo. Fue escrito para los rebeldes, los cuales retan a Dios y desean
seguir pecando.
¿Cómo puedes saber si eres un
rebelde? Es muy fácil averiguarlo. Sólo hazte la pregunta si
tienes un deseo de arrepentirte y volver a Dios?
Si existe el menor deseo dentro de tu corazón para volver a Dios y
amarle, luego eso es una prueba de que el Espíritu Santo todavía
está obrando en tu vida y que Dios está procurando atraerte a
sí mismo. Bien puede ser que eres un fracasado,
pero rebelde no eres. Hay una gran
diferencia entre uno que falla y uno
que se rebela.
Dios tuvo un propósito en dejar que
Pedro fallara. Su propósito fue zarandear
a Pedro. Lo que quería Satanás en verdad era destruir a Pedro
completamente, pero Dios no se lo permitió. Dios no permite que seamos probado o tentados más allá que nuestra
capacidad de resistir. Así que a Satanás se le permitió zarandear a Pedro. Como resultado de su
fracaso, Pedro fue limpiado de un montón de tamo en su vida.
Aquí vemos el propósito verdadero por el
cual Dios permite que nosotros también fallemos.
¿No es bueno que el tamo sea quitado de
nuestra vida? Claro que sí. Cuando un agricultor cosecha el trigo, tiene
que zarandearlo o aventarlo antes de poderlo usar. Únicamente así
se le quitará el tamo.
El Señor usa a Satanás para
quitar el tamo de nuestra vida. Y lo raro es que Dios lleva a cabo este
propósito, dejándonos fallar repetidamente!
Dios usó a Satanás para llevar a cabo este propósito en la
vida de Pedro y seguramente usará a Satanás para cumplir este
propósito también en la vida nuestra. Tanto tamo hay en todos
nosotros - el tamo del orgullo, la confianza en uno mismo y la justicia propia.
Y Dios usa a Satanás para hacernos fallar repetidamente a fin de quitar
completamente todo este tamo de nuestra vida.
Si el Señor ha tenido éxito hasta
aquí en llevar a cabo este propósito en tu vida, sólo
tú lo sabes. Pero si el tamo en verdad se está quitando,
serás más humilde y menos confiado en tu propia justicia. No
mirarás hacia abajo a otros que fallan. No te considerarás mejor
que otras personas.
Como acabo de decir, Dios permite que
Satanás nos quite el tamo,
dejándonos fallar repetidamente. Así que no te desanimes si
fallas. Todavía estás en la mano de Dios. Mediante tus repetidos
fracasos, se está llevando a cabo un propósito glorioso. Pero en
tales ocasiones, que no falle tu fe
en el amor de Dios para ti. Así oró Jesús por Pedro, y
asimismo está orando por nosotros ahora mismo. No está orando que
nunca fallemos, sino que está orando que cuando hayamos alcanzado el
fondo del foso, quede sin fluctuar nuestra fe en el amor de Dios.
Únicamente tras muchas experiencias de
fracaso nos reducimos a un "punto cero" donde somos quebrantados en
verdad. Fue cuando Pedro alcanzó aquel punto, que tuvo una segunda
"conversión" (Lucas
22:32 -- SEV 1569). Él dio vuelta. La evidencia de que fue
contestada la oración de Jesús por Pedro se ve en que Pedro,
cuando había alcanzado el fondo del foso, dio vuelta y volvió.
No se quedó allí boca abajo y desanimado. Se levantó.
Teniéndolo amarrado con un lazo bien largo, Dios permitió que se
corriera. Pero cuando Pedro llegó al fin del lazo, Dios lo jaló
otra vez a sí mismo.
Es maravilloso ser un hijo de Dios. Cuando Dios
nos adopta como hijos, nos amarra con un lazo para protegernos. El lazo es
largo y flojo, y es muy posible que falles y caigas varios miles de veces. Aun
es posible alejarte del Señor. Pero algún día,
llegarás al fin del lazo. Y allí Dios te jalará otra a vez
a sí mismo.
Por supuesto que en aquel día
podrás tomar una decisión de cortar el lazo y correrte. O puedes
escoger ser quebrantado por la bondad de Dios y con lágrimas volver a
Él. Así hizo Pedro. Lloró y volvió al Señor.
Pero Judas Iscariote no hizo así. El
cortó el lazo, rebelándose contra la autoridad de Dios en su
vida, y fue eternamente pedido. Pero yo confío que tú
harás lo que hizo Pedro.
Luego, Jesús le dijo a Pedro:
"Después de volver y fortalecerte otra vez, fortalece a tus
hermanos".
Únicamente después de ser quebrantados,
podemos ser lo suficientemente fuertes para fortalecer a otros.
Únicamente cuando Pedro se halló
débil y quebrantado, se volvió fuerte en verdad -- tan fuerte que
le fue posible fortalecer a sus hermanos y hermanas. Podríamos decir que
la preparación de Pedro para un servicio en la plenitud del Espíritu
vino mediante su experiencia de fracaso. Si él hubiera sido llenado del
Espíritu Santo sin esta experiencia de fracaso, se
habría levantado en el día de Pentecostés como un hombre
orgulloso, como un hombre que jamás hubiera fallado, uno que
podría mirar hacia abajo con menosprecio a los pobres y perdidos
pecadores alrededor de él. ¡Y Dios habría llegado a ser su
enemigo, porque Dios resiste a los soberbios!
Ésta es la tragedia que ha sobrevenido a
muchos cristianos hoy días que en un entonces habían sido llenos
del Espíritu Santo. Nunca fueron quebrantados. Fueron
genuinamente llenados del Espíritu Santo quizás, pero nunca
fueron quebrantados. Y por tanto, por su orgullo, luego perdieron la
unción.
En mi propia vida, Dios me enseñó
las verdades del camino de la cruz y del quebrantamiento mucho antes de que me
llenara con su Espíritu. Y qué bueno fue que lo haya hecho
así en mi caso, porque impidió que me alejara de Él.
Mediante muchos años de fracaso, Dios hizo pedazos la confianza que
tenía en mí mismo y a la justicia que creía poseer -- sí,
fueron años de fracaso día tras día. Si yo
trazara un gráfico de los sesenta años de mi vida, sería
algo así: Cuando nací, estaba hasta aquí arriba - inocente
y lindo, como lo son todos los bebés, sin haber conocido el pecado.
Después de nacer de nuevo (cuando tenía 19 años), la cosa
andaba bien por un tiempo -- en realidad así fue durante varios
años. El gráfico comenzó a subir gradualmente. Pero en lo
que Dios comenzó a bendecir mi ministerio y llegué a ser bien
conocido en las esferas cristianas, el orgullo entró en mi vida, y el
gráfico comenzó a bajar, sin que me diera cuenta. Exteriormente,
yo era todavía un predicador bien conocido. Pero ya había
comenzado a deteriorarse mi vida interior y mi andar con Dios. Comenzaba a
deslizarme - por dentro. Finalmente, llegué al punto cuando, a mi
criterio, el gráfico de mi vida había alcanzado su punto
más bajo. Eso fue hace veintiséis años. Al llegar a ese
punto, yo pensaba seriamente en dejar el ministerio por completo, porque no
quería yo seguir engañando a la gente, predicando lo que no
vivía. En aquel punto, lo único que merecía yo era el
juicio de Dios por mi hipocresía y mi apostasía. Pero en lugar de
juzgarme y mandarme al infierno, ¿sabes lo que me hizo Dios? Me
llenó de su Espíritu Santo.
¿Por qué lo hizo? Porque los
caminos de Dios no son nuestros caminos. ¡Permíteme poner una
ilustración para que entiendas la maravilla de esto!
Digamos que tú eres un empleado de una
gran empresa internacional, y que has sido infiel a la empresa, desobedeciendo
sus órdenes, abusándote de su bondad y trayendo mala fama a su
nombre. Un día, cometes un error terrible. ¡Eso es el colmo! Viene
el presidente a tu oficina, y en lugar de despedirte, te dice: "Hemos
decidido perdonarte todo lo que has hecho, y triplificar
tu salario a partir de hoy". ¿Te puedes imaginar que tal cosa
pudiera suceder? ¿No? Pues, esto sólo sirve para mostrarnos que
los caminos de Dios no son como los del hombre. Porque esto es un cuadro de lo
que Dios hizo para mí hace 25 años.
¿Qué resultó de estos
tratos de Dios conmigo? ¿Me animó a aprovecharme de la bondad de
Dios, pecando aun más a partir de aquel día? No. Al contrario,
como dice en Romanos 2:4, la benignidad
de Dios me guió al arrepentimiento. Me guió a lamentos y al
quebrantamiento. La benignidad de Dios me quebrantó y me dio un anhelo
de vivir una vida pura y santa para Él de allí en adelante.
Pero yo quiero ser franco contigo. El
gráfico de mi vida no siempre
ha ido para arriba desde aquel día. No. Todavía tengo mis subidas
y mis bajadas como otros cristianos que están luchando. Como Pablo,
aún tengo "de fuera,
conflictos; de dentro, temores". Todavía necesito la ayuda de
mis hermanos para ser consolado cuando
estoy deprimido (2 Corintios 7:5, 6). Pero estoy procurando seguir adelante
hacia la perfección.
Dios tuvo que dejarme caer repetidamente en la
fosa del fracaso antes de poder hacer en mí lo que Él
quería. Y le llevó 16 años después que nací
de nuevo, hasta que logró llevarme a aquel "punto cero". Para
aquel entonces ya tenía yo 35 años de edad. La mitad de mi vida
ya había pasado. Quizás no lleve tanto tiempo en tu caso, porque
puede ser que tú no seas tan terco como lo era yo. Pero quería
darte mi testimonio para animarte a fin de que nunca te desesperes. Si Dios
pudo hacer todo esto para mí, bien puede hacer lo mismo para cualquiera
de ustedes.
No hay ninguno que quede sin esperanza. ¿Oíste
eso? No
hay ninguno que quede sin esperanza. Hay esperanza para cada uno de
ustedes entre tanto que estén vivos. Se pierde la esperanza
únicamente después que hayan muerto.
Pedro también tuvo que llegar a este
"punto cero", antes de que pudiera ser lo que Dios quería que
fuera.
Media vez nosotros mismos hemos alcanzado el
fondo de la fosa, jamás podemos menospreciar a los que todavía
están allí. De allí en adelante, jamás podemos
mirar hacia abajo a los pecadores o a los creyentes caídos, o aun a los
líderes cristianos que han caído. Nunca podemos sentirnos
orgullosos de nuestra victoria sobre el pecado, porque bien recordamos los
fracasados que éramos en un entonces.
Es por eso que el mismo Pedro amonestó a
otros cristianos, diciendo: "Nunca
se olviden de cómo ustedes mismos fueron limpiados de sus antiguos
pecados" (2 Pedro 1:9). Los advierte en este pasaje que si
algún día se olvidan de esto, llegarán a ser ciegos,
teniendo la vista muy corta. Yo nunca quiero ser ciego, ni quiero tener la
vista corta. Yo deseo tener una vista que alcanza ver a lo lejos la
visión de los valores celestiales y eternos -- en todo tiempo.
¿Quiénes son los que tienen la
vista corta? Pues, son los que aprecian lo terrenal -- los placeres del pecado,
las riquezas materiales y el honor y la aprobación de los hombres. Todas
estas personas tienen la vista corta. Tenemos que sentirles lástima a
tales creyentes. Si ves a un hombre cuya visión física
está tan pobre que no alcanza ver nada más allá de tres
metros, no te enojas con él. Le tienes lástima. Si ves a un
hombre que tiene que mantener un libro a unos cinco centímetros de la
cara para poderlo leer, no te enojas con él. Le sientes una gran
lástima, ¿verdad? Si el oftalmólogo le pregunta a un
hombre que lleva lentes bien gruesos si puede leer la tabla de letras en la
pared, y el hombre responde que casi puede ver la letra más grande, la
de encima, pero que no está seguro si es una E o una S, ¿qué
hace el oftalmólogo? ¿Se enoja con él? No. Le siente
lástima.
Y cuando miramos a otros creyentes que tienen
la vista tan corta que están viviendo para el dinero y los placeres del
pecado y la aprobación del hombre, no aprovecha nada reprenderlos.
Tenemos que sentirles una gran lástima porque tienen la vista tan corta.
¡Qué enorme será su remordimiento algún día
cuando se paren en la presencia del Señor!
Hay un sinfín de creyentes que son
así. ¿Y sabes tú como llegaron a estar tan ciegos?
Olvidaron "la purificación de
sus antiguos pecados" (2 Pedro 1:9). Olvidaron la fosa de la cual los
había sacado Dios. Se pusieron orgullosos de la forma en que Dios los
bendijo después de sacarlos de la fosa.
Jamás quiero olvidarme de la fosa de la
cual me sacó Dios. Yo sé que todos mis pecados han sido borrados
y que Dios no recuerda siquiera un
sólo pecado que cometí durante mi vida. Yo estoy en pie
delante de Dios en este día como si ni una sola vez hubiera pecado en
todos los 60 años de mi vida -- porque he sido "justificado en la sangre de Cristo"
(Romanos 5:9). Así me mira Dios a mí. "Nunca más me acordaré de sus pecados" (Hebreos
8:12). Pero yo siempre me acordaré de lo que yo era en un entonces.
Ahora bien, no me pongo a reflexionar en mi
pasado como para dar lugar a Satanás a condenarme o a deprimirme con el
pensamiento de mis pecados. No. Nunca. "Ninguna condenación hay para los que están en Cristo
Jesús" (Romanos 8:1).
Cuando el diablo me acusa, yo le digo en la cara que "la sangre de Jesucristo me ha limpiado de TODOS mis pecados". Yo venzo a Satanás "por medio de la sangre del Cordero" (Apocalipsis 12:11). Pero jamás
me olvidaré de la fosa en la que me había hundido, donde Dios
vino a encontrarme y me llenó de su Espíritu Santo.
Como Dios una vez le dijo a Judá,
yo también era como "un
bebé que ninguno quería, arrojado sobre la faz del campo, sin que
ninguno se compadeciese de mí. Cuando el Señor pasó por
ese camino y me vio revolcándome en mi propia sangre, me levantó,
me lavó, me vistió y me hizo perfecto en su hermosura" (Ezequiel 16:5, 6, 9, 10, 14).
¿Cómo anda la cosa contigo,
hermano mío y hermana mía? Yo sé que muchos de ustedes han
sido llenados del Espíritu Santo. Pero no estoy seguro si Dios ha tenido
éxito en quebrantarte y deshacer tu orgullo y la confianza que tienes en
ti mismo. Es muy fácil averiguar si esto ha sucedido. Sólo
contesta estas dos preguntas:
Primeramente: ¿Miras hacia abajo a otras personas -- quizás las que
están en otras denominaciones?
Puede ser que en muchos puntos doctrinales no
llegamos a un acuerdo con muchos cristianos, pero jamás debemos
menospreciar a ninguno de ellos. Puedo decir con toda honestidad que considero
a muchos cristianos de otras denominaciones como hombres que son mejores que
yo. No puedo trabajar con muchos de ellos debido a nuestras diferencias
doctrinales; pero no menosprecio a ninguno de ellos.
¿Dices tú a veces como dijo el
fariseo: "Dios, te doy gracias
porque no soy como los otros hombres" (Lucas 18:11)? Si es así, luego no te has dejado quebrantar
todavía, no importa qué experiencia hayas tenido con el
Espíritu Santo.
Y ahora, una segunda pregunta: ¿Te sientes orgulloso de tu
crecimiento espiritual o de lo que has podido lograr?
Un hombre quebrantado reconoce que en su carne
no mora el bien. Por tanto, luego tiende a darle la gloria a Dios por cualquier
fruto que él mire en su vida o en su ministerio.
Así que éstas son las dos
señas de un hombre que ha sido quebrantado:
1.
No mira hacia abajo a ninguno, ni creyente ni incrédulo.
2.
No se gloría en su crecimiento espiritual ni en su ministerio.
Jacob es un ejemplo clásico de un hombre
que Dios logró quebrantar. Tuvo dos encuentros con Dios -- uno en Betel (Génesis 28) y el otro en Peniel (Génesis 32).
Betel significa "la casa de Dios"
(un tipo de la iglesia) y Peniel significa "el
rostro de Dios". Todos tenemos que ir más allá que
sólo entrar en la iglesia de
Dios para ver el rostro de Dios.
En Betel, dice que "ya el sol se había puesto" (Génesis 28:11) - sólo un hecho geográfico,
pero también indica lo que sucedía en la vida de Jacob, porque
los siguientes 20 años fueron una época de profundas tinieblas
para él. Luego en Peniel, dice: "le salió el sol"
(Génesis 32:31) - otra vez, un hecho geográfico, pero
también Jacob por fin había entrado en la luz de Dios.
Como las dos
conversiones de Pedro, muchos creyentes que llevan años de caminar con
Dios también han tenido dos encuentros con Dios. El primero fue cuando entraron en la casa de Dios (la iglesia)
mediante el nuevo nacimiento. El segundo
fue cuando se encontraron con Dios cara a cara y fueron llenos del
Espíritu Santo y sus vidas fueron transformadas.
En Betel, Jacob soñó con una
escalera que estaba apoyada en tierra y cuyo extremo superior se elevaba hasta
el cielo. En Juan 1:52, Jesús
explicó que aquella escalera se refería a sí mismo -- el
Camino desde la tierra hasta el Cielo. De manera que lo que Jacob vio en
realidad fue una visión profética de Jesús, quien
abría el camino al cielo. En aquella ocasión, el Señor prometió
muchas cosas a Jacob en el sueño. Pero Jacob tenía una mente tan
terrenal que sólo pudo pensar en la seguridad terrenal, la salud
física y la prosperidad económica. Por tanto, le dijo a Dios:
"Señor, si Tú me cuidas en este viaje y me das comida y ropa
y me traes de nuevo a mi casa sin novedad, yo te daré un 10% de mis
ingresos". Jacob trató a Dios como un guardaespaldas, cuyo trabajo
era cuidar de él. Y si Dios lo hacía, Jacob le pagaría su
sueldo -- ¡un 10% de sus ingresos!
Asimismo muchos creyentes le tratan a Dios hoy
día. Únicamente desean que les dé sus comodidades
materiales. Y si el Señor les da estas cosas, asisten fielmente a los
cultos y apartan algo de su dinero para la obra del Señor. Tales
creyentes en realidad están negociando
con Dios, buscando su propia comodidad y ganancia como lo haría
cualquier negociante mundano.
Jacob pasó 20 años de su vida agarrando las cosas terrenales.
Trató de agarrar una esposa de
la familia de Labán ¡y obtuvo dos! No quería tener dos esposas ¡pero
así le salió el negocio! Luego engañó a Labán y agarró
sus ovejas, convirtiéndose así en un hombre riquísimo.
Cuando llegó a la casa de Labán no
tenía nada, pero al salir ya era muy rico. Sin duda que esta prosperidad
material se la atribuyó a la
bendición de Dios -- ¡como muchos creyentes lo hacen hoy
día!
¿Pero cuál es la seña
verdadera de "la bendición de
Dios"? ¿Será la prosperidad? No. Es transformarnos en la imagen de Cristo.
¿De qué sirve tener un buen
trabajo, una casa excelente y muchas comodidades si tu vida sigue siendo
inútil a Dios y al hombre?
Pero Dios no había terminado de trabajar
con Jacob. Tuvo un segundo encuentro con él en Peniel.
Quiero decirles, hermanos míos, que
muchos de ustedes necesitan un segundo encuentro con Dios - un encuentro que
sucederá en tu vida cuando llegues hasta el fondo de la fosa - y cuando
Dios, en lugar de juzgarte y enviarte al infierno, ¡te llena de su
Espíritu Santo!
Leemos en Génesis
32 que Jacob tuvo miedo porque acababa de oír que Esaú (a quien había estafado hacía
veinte años, quitándole la primogenitura) le salía al
encuentro. Estaba seguro que Esaú le
mataría. Es bueno para nosotros cuando Dios permite que hagamos frente a
ciertas situaciones que nos infunden miedo.
Porque, cuando tememos lo que los hombre pudieran
hacernos, nos aceramos a Dios.
En Peniel, Jacob se
quedó solo (Génesis 32:24).
Dios tiene que apartarnos y ponernos a solas antes de que pueda reunirse con
nosotros. Es por eso que Satanás ha ordenado la vida en nuestro mundo de
una forma tan apresurada y ocupada (sobre todo en las ciudades) que hasta
muchos creyentes apenas tienen tiempo para estar a solas con Dios. ¡Sus vidas ya están tan ocupadas que
los asuntos de baja prioridad (como Dios)
han quedado totalmente excluidos de su horario! Esta es la tragedia del
cristianismo moderno.
Dios luchó con Jacob durante muchas
horas largas aquella noche, pero Jacob no se rendía. Esta lucha
simbolizaba lo que había estado sucediendo en la vida de Jacob durante
los últimos 20 años. Y cuando Dios vio que Jacob era testarudo,
por fin le descoyuntó el muslo, haciendo que su cadera saliera de su
sitio en la pelvis. En aquella ocasión, Jacob sólo tenía
unos 40 años, y era un hombre muy fuerte. Su abuelo Abraham había
alcanzado la edad de 175 años. Así que, podríamos decir
que Jacob estaba en lo mejor de su juventud con un 75% de su vida por delante.
Sufrir una zafadura de la cadera a una edad tan joven sería lo
último que habría deseado, porque habría destruido todos
los planes que había hecho para su futuro. Para entenderlo en el
lenguaje de hoy día, sería semejante a un joven de veinte
años a quien se le zafa la cadera, ¡obligándole a andar con
muleta el resto de su vida! ¡Qué experiencia más
destrozadora! Por el resto de su vida, Jacob nunca podría andar sin muleta.
Dios había probado tantas cosas para
quebrantar a Jacob, pero no lo había logrado. Por tanto le dio una
desventaja física permanente. Eso por fin logró quebrantarlo.
Es posible que Dios nos haga lo mismo a
nosotros si él ve que lo necesitamos. Únicamente disciplina a los
que ama a fin de salvarlos de otro catástrofe
mayor.
Pero si Dios ha dejado de corregirte, bien
puede ser que te deje vivir con buena salud y ganando bastante dinero,
desperdiciando así tu vida. ¿Pero quién quisiera eso? Yo
preferiría que Dios me corrigiera drásticamente,
disciplinándome y quebrantándome (hasta físicamente si es
necesario) ahora mismo, para que pueda andar con Él y cumplir sus
propósitos en la tierra.
Aun el gran apóstol Pablo necesitaba de
un aguijón en la carne para mantenerlo en un estado de quebrantamiento (2 Corintios 12.7). El aguijón
que Pablo tenía en la carne puede haber sido alguna desventaja
física que continuamente le molestaba. Vez tras vez oró a Dios
que fuese quitado de él este "mensajero
de Satanás". Pero Dios dijo que "No. Aunque sea un
mensajero de Satanás, no te lo voy a quitar. Lo necesitas para
mantenerte humilde, para que puedas ser útil tanto a mí, como a
tus prójimos".
Después de descoyuntarle la cadera a
Jacob, le dijo: "Está bien. Ya hice lo que me tocaba hacer. Ahora
déjame ir. Tú nunca me querías a mí. Sólo
querías mujeres y dinero". Pero Jacob ya no quiso soltar a Dios.
Había sido cambiado -- ¡por
fin! Este varón que había pasado toda la vida agarrando a
mujeres y posesiones ahora agarra a Dios y le dice:
"No
te dejaré si no me bendices".
¡Qué obra tan grande se
llevó a cabo en el corazón de Jacob cuando se le
descoyuntó la cadera! Ahora sólo deseaba a Dios.
Como dice el viejo refrán: "Cuando
lo único que te queda es Dios, ¡hallarás que Dios es
más que suficiente!" Es cierto.
Ahora Dios le pregunta: "¿Cómo
te llamas?" Y Jacob responde: "Mi nombre es Jacob". "Jacob" quiere decir
engañador. Jacob admite por fin que es un engañador.
¿Eres tú quizás un
engañador también? ¿Has estado engañando a los
demás que eres un hombre espiritual? Si es así, ¿estás
dispuesto a hablar la verdad con Dios y decirle hoy que eres un
hipócrita?
Muchos años antes, cuando su padre ciego
le había preguntado su nombre, Jacob se había fingido que era Esaú. Pero ahora era honrado. Y el Señor le
dijo inmediatamente: "Ya no vas a
ser un engañador (Jacob)" (v. 28).
¿No es de mucho ánimo esta
palabra?
¿La oíste? "Ya no vas a ser un engañador".
¡Aleluya!
Esto no quiere decir que ya no vas a caer en algún pecado. Pero ya no
va a haber más engaño
en tu vida. No va a haber más falsedad
en tu vida.
De allí Dios le dijo a Jacob: "De aquí en adelante tu nombre
será Israel (príncipe de Dios), porque has luchado con Dios y con
los hombres y has vencido". ¡Qué transformación!--de
un engañador a un príncipe de Dios. Y todo esto se hizo posible
únicamente cuando Jacob fue quebrantado.
Esto es nuestro llamamiento
también--sentarnos con Cristo en su trono, como príncipe,
ejerciendo autoridad espiritual sobre Satanás y librando a los hombres y
a las mujeres de la esclavitud de Satanás. Como miembros del cuerpo de
Cristo, debemos tener poder con Dios y con los hombres y vencer. Hemos sido
llamados a ser una bendición a todos los hombres. Pero esto sólo
puede suceder cuando somos quebrantados. Y podemos ser quebrantados
únicamente cuando somos francos con Dios en cuanto a nuestra
hipocresía y nuestro engaño.
Muchos siglos después, cuando un
descendiente de Jacob, Natanael, conoció a
Jesús, el Señor dijo de él: "He aquí un verdadero Israel en quien no hay Jacob
(engaño)" (Juan 1:47).
Luego habló con Natanael de la escalera que
Jacob había visto en Betel, y le dijo que él también era
un "Israel" - no por ser
perfecto Natanael, sino porque no había
ningún engaño en él.
Dice aquí que Jacob llamó aquel
lugar "Peniel"
porque por fin había visto el rostro
de Dios. En Betel, había quedado muy impresionado de la casa de Dios. Puede ser que llevas
muchos años dentro de la casa
de Dios sin haber visto jamás el rostro
de Dios. Si así es, necesitas un segundo encuentro con Dios, donde le
puedes ver el rostro.
Jacob dice con mucha emoción: "Ahora veo yo tu rostro, Oh
Dios, y fue librada mi alma".
"¡Me
hubieran despedido de la empresa, pero se ha triplificado
mi salario!"
"¡Yo
hubiera ido al infierno, pero en lugar de eso Él me llenó de su
Espíritu Santo! ¡Aleluya!"
Creo que ya sé la razón por la
que muchos creyentes no son llenos del Espíritu Santo. Están
tratando de merecerlo. Están procurando ser dignos de Él. Multitudes de personas sinceras en muchas
religiones están buscando el perdón de sus pecados de la misma
forma también. ¿Por qué no tienen perdón? Porque
están tratando de ganarlo.
¿Cómo recibiste tú el
perdón de tus pecados? ¿Lo ganaste o lo mereciste? El día
vino cuando te diste cuenta que jamás merecerías el perdón
de Dios. Fuiste a Jesús en aquel entonces, no como cristiano, sino como
pecador. Y tus pecados fuero perdonados inmediatamente. Tenemos que
presentarnos de la misma forma para recibir la plenitud del Espíritu.
Hay muchos creyentes hoy día que ayunan
y oran y esperan para recibir la plenitud del Espíritu Santo. Ninguna de
estas cosas tiene nada de malo. Todas son buenas. Pero si tú haces estas
cosas a fin de hacerte digno de
recibir la plenitud del Espíritu, luego estás muy descarriado.
Cuando no recibes la plenitud del
Espíritu, hasta puedes comenzar a dudar de Dios, diciéndole:
"Señor, yo he ayunado y orado y esperado. ¿Por qué no
me has llenado?" Pero jamás puedes ganar ni merecer al
Espíritu Santo, asimismo como nunca puedes ganar ni merecer el
perdón de pecados. Ambos son dones de Dios. Y no puedes pagarle ninguno
de estos dones. Tienes que recibirlos libremente - o nunca los
recibirás.
Los dones de Dios son todos gratuitos. Pero el
hombre comete el error de tratar de pagárselos a Dios, y por tanto no
recibe ninguno de ellos. Si tratas de hacerte digno de recibir los dones de
Dios, no puedes recibirlos. Quizás sea ésta la razón
primordial por la cual tú no has sido llenado del Espíritu Santo.
Cuando Jesús estuvo aquí en esta
tierra, los fariseos pensaron que merecían el perdón de pecados
más que ninguno. Pero no lo recibieron -- y fueron al infierno. Por otra
parte, pecadores infames como María Magdalena recibieron el
perdón de pecados inmediatamente. Un ladrón quien había
llevado una vida de crímenes fue perdonado en un momento y fue al
Paraíso en la misma noche cuando fue crucificado.
Dios
da sus mejores dones a los que no los
merecen. Los que llegaron a trabajar en la viña
a la hora undécima sabían que no
merecían nada, y por tanto recibieron su salario antes que los
demás. Pero los que habían venido antes, los cuales se
sentían merecedores de su salario, se quedaron de últimos.
En la historia del hijo pródigo, leemos
que el padre tenía un anillo en el dedo. Un día, se quitó
el anillo y se lo dio a su hijo menor, quien había despilfarrado todo su
dinero. ¿Por qué no se lo dio a su hijo mayor? Porque él
estaba confiado en su propia justicia. En la vista del hombre, fue el hijo
mayor que merecía aquel anillo. Pero el padre se lo dio a su hijo menor.
Así obra Dios. Él hace cosas
así para humillar el orgullo del hombre, para que ninguno pueda jactarse
en su presencia. Sus caminos no son
nuestros caminos, y sus pensamientos no son nuestros pensamientos.
Si has llegado a entender esta verdad que estoy
tratando de enfatizar, luego has entendido un principio fundamental de
cómo Dios trata al hombre.
Fue le benignidad de Dios que al principio me
guió al arrepentimiento. Y cada muestra posterior de benignidad me ha
guiado a mayor arrepentimiento.
Deja que la benignidad de Dios te guíe
al arrepentimiento también. No te abuses de su benignidad. Dios ha sido
bondadoso con nosotros en muchas maneras. Pero no debemos pensar que porque
Él es benigno con nosotros,
por eso está feliz con lo que
ve en nosotros. No. Él es benigno con todos los hombres. Su benignidad
tiene por meta única el guiarnos al arrepentimiento. Y cuando nos
volvemos a Él sin ningún engaño, Él también
colocará su anillo en el dedo nuestro. El ha conservado aquel anillo
especialmente para pecadores como nosotros.
Jesús una vez les dijo a los fariseos
con bastante sarcasmo: "Todos
ustedes están saludables; ustedes no necesitan a ningún
médico. Son los enfermos que necesitan médico y yo he venido por
ellos" (Mateo 9:12). Él usó de sarcasmo en amor para
despertarlos. Pero no se despertaron.
Jesús no ha venido para llamar a los que se creen justos, sino a aquellos
que reconocen que son pecadores. Es muy posible que muchos de ustedes que
están sentados aquí esta mañana se encuentren tan enfermos
como aquellos fariseos, sin siquiera darse cuenta de ello -- enfermos de
hipocresía, orgullo y justicia propia. Estas enfermedades son aun
más serias que el SIDA y el cáncer - ¡y te pueden destruir!
Comparado con estos pecados, otros pecados como el homicidio y el adulterio son
como tener un catarro y una calentura. Tal vez piensas que el homicida y el
adúltero están enfermos. ¡Pero bien puede ser que tú
estés aun más enfermo que los dos ellos!
Dios quiere darnos su vida, su poder y su
autoridad. Es por eso que nos deja fallar vez tras vez, hasta que por fin
lleguemos al quebrantamiento.
En la historia de Job, vemos cómo Dios
lo llevó hasta el fondo de la fosa, permitiendo que perdiera sus bienes,
sus hijos y su salud. En un sentido hasta perdió a su esposa (quien le
regañaba constantemente) y a sus tres buenos amigos (quienes le juzgaban
mal y le criticaban). Sus amigos resultaron ser predicadores creídos,
quienes se gozaron de "meterla una patada cuando ya estaba tirado".
Siguieron "pateándole" hasta que Dios, en su misericordia, los
paró. En medio de todas estas presiones Job se justificó a
sí mismo varias veces. Cuando el Señor por fin le habló,
Job vio la corrupción de su propia justicia -- y se arrepintió.
El era un hombre justo. Qué bueno. Pero estaba confiado de su propia
justicia. Qué malo. Pero después que Dios terminó sus
tratos con él, ya era un hombre quebrantado.
A partir de allí, sólo en Dios podría gloriarse.
Así se llevó a cabo el propósito de Dios para Job.
Cuando por fin llegó al quebrantamiento,
fíjate en lo que le dijo a Dios: "Hasta el momento sólo
había oído hablar de ti de boca de todos estos predicadores. Pero
ahora te veo cara a cara" (Job
42:5). ¡Aquí estamos viendo el Peniel
de Job! Él también vio el rostro de Dios y fue librada su alma. ¿Y
cuáles fueron los resultados? Se arrepintió en polvo y ceniza (v. 6). Lo que no pudieron lograr
aquellos cuadro predicadores aun después de muchos días de
predicar, Dios lo cumplió en Job en un instante por medio de una revelación
de su benignidad. Fue la benignidad de Dios que quebrantó a Job y lo
guió al arrepentimiento.
La mayor parte de nosotros oímos lo que
los predicadores dicen de Dios en los cultos. Lo que necesitamos es un
encuentro con Dios cara a cara, donde vemos su benignidad hacia nosotros y esto
nos quebranta. Eso fue lo que le sucedió a Pedro también. ¿Recuerdas
cuál fue la siguiente cosa que sucedió inmediatamente
después que Pedro había negado al Señor y el gallo
había cantado dos veces? Él vio el rostro del Señor. ¡Pedro
también tuvo su Peniel! Leemos que
"vuelto el Señor, miró a Pedro" (Lucas 22:61). ¿Y cuál fue el resultado: "Y Pedro, saliendo afuera, lloró amargamente" (v. 62).
Aquella mirada de benignidad y de perdón
en el rostro de Jesús le quebró el corazón a aquel
rústico pescador.
Bajo el antiguo pacto, dios había
prometido a Israel salud, prosperidad y muchas bendiciones materiales. Pero
había una bendición que era mayor que todas las demás --
la que se halla en Números 6:22 a
26. Allí leemos que Aarón recibió mandamiento de
bendecir al pueblo de esta manera: "Jehová
haga resplandecer su rostro sobre
ti... Jehová alce sobre ti su rostro
y ponga en ti paz".
¿No es una gran lástima que
muchos creyentes hoy día busquen las bendiciones inferiores de salud y prosperidad (que los incrédulos
también reciben sin necesidad siquiera de orar por ellas) y las
experiencias emocionales (muchas de las cuales son falsificadas) -- en lugar de
buscar la bendición más grande de todas, la cual es capaz de
transformar sus vidas totalmente -- un encuentro con Dios cara a cara?
Aunque nunca lleguemos a ser ricos, y aunque
nunca sanemos, si vemos el rostro del Señor, esto suplirá todas
nuestras necesidades.
Job tenía llagas por todo el cuerpo
cuando tuvo su encuentro con Dios, pero no le pidió a Dios sanidad.
Dijo: "He visto el rostro del Señor y me basta". Los tres predicadores que decían tener
"discernimiento" y "una palabra de Jehová" le
dijeron a Job que estaba recibiendo el castigo de algún pecado secreto
en su vida. Hoy día también existen tales profetas autodesignados con sus mensajes falsos, declarando: "Así ha dicho el
Señor", los cuales traen a pueblo de Dios bajo
condenación. Pero Dios no amenazó juzgar a Job como lo hicieron
aquellos tres predicadores.
Dios no habló de los fracasos de Job. Ni
siquiera le recordó las quejas que había traído (contra
Dios) cuando estaba bajo presión. Dios sencillamente reveló su
benignidad a Job -- su benignidad que se ve en el hermoso universo que
había creado para lo disfrutara el hombre, y en los animales que
había creado para que estuvieran sujetos al hombre. Fue esta
revelación de la benignidad de Dios la que guió a Job al
arrepentimiento. Muchos se aprovechan de la benignidad de Dios y se abusan de ella.
Pero en el caso de Job, lo guió al arrepentimiento. Y de allí
Dios bendijo a Job con una doble porción de lo que había tenido
en el principio.
La
meta final de Dios en quebrantarnos es para bendecirnos abundantemente - como leemos en Santiago 5.11.
La meta que el Señor tenía en mente para Job fue deshacer su
justicia propia y su orgullo y convertirle en un hombre quebrantado, para que
el Señor pudiera mostrarle su rostro y bendecirle abundantemente. Aun
las bendiciones materiales y físicas que Dios nos da nos pueden arruinar,
ahuyentándonos de Él, si no vemos su rostro detrás de
ellas. ¿Cuántos creyentes hoy no se han apartado de Dios a
través de la prosperidad material?
Una visión del rostro del Señor
nos puede librar para que ya no sigamos anhelando todo lo que nos ofrezca este
mundo:
"Muéstrame tu rostro - un destello fugaz
de hermosura divina;
Y jamás pensaré ni
soñaré con otro amor, salvo el tuyo.
Cualquier otra luz menor parecerá
oscurecer, las glorias más bajas menguarán.
Lo más hermoso de la tierra
perderá su encanto."
Pedro vio el rostro del Señor y
lloró amargamente. Podemos imaginarnos que Pedro por fin había
llegado al quebrantamiento. Pero no. El Señor tuvo que guiarle por una
experiencia más de fracaso antes que estuviera preparado para su Peniel.
En Juan 21:3,
leemos que Pedro les dijo a los demás apóstoles: "Voy a
pescar". No quería dar a entender que sólo iba a salir a
pescar aquella noche. Lo que él dio a entender fue que estaba
renunciando su llamamiento de apóstol -- porque en esto había
fracasado tan claramente -- ¡y tenía intenciones de regresar permanentemente a su antigua
profesión de pescar!
Pedro había abandonado su negocio de
pescar años atrás cuando el Señor lo había llamado.
Había dejado todo y siguió sinceramente al Señor lo mejor
que pudo. Pero había fallado. Ahora pensaba que el trabajo de
apóstol no era para él. Después de años y medio de
escuchar los mensajes más maravillosos que jamás fueron
predicados por el predicador más sublime que vivió en esta
tierra, había negado al Señor tan directamente -- y no
sólo una vez, sino tres veces. Ya estaba fastidiado de tratar de ser
apóstol.
Pero había una cosa que todavía
sabía hacer muy bien -- pescar. Desde que era muchacho se había
ocupado en ese oficio y era experto en ello. Así que decidió volver
a la pesca. Algunos de los demás apóstoles tenían el mismo
pensamiento. Ellos también habían abandonado al Señor en
su hora de prueba y se habían corrido. Por tanto, ellos también
regresarían a la pesca, ¡porque habían fracasado como
"apóstoles"!
Eran hombres sinceros. Habían apreciado
los mensajes de Jesús y sus corazones habían ardido dentro de
ellos cuando le escuchaban. Habían querido ser sus discípulos de
todo corazón. Pero habían fallado.
Puede ser que tu experiencia sea también
como la de ellos. Tal vez has escuchado mensajes potentes, los cuales te
emocionaron. Puede ser que tu corazón se enardeció dentro de ti
al escuchar la Palabra de Dios. Es posible que hayas dejado todo y que
sinceramente procuraste seguir en pos del Señor. Tal vez hiciste "decisiones" vez tras vez
después de escuchar algún mensaje poderoso. Y tal vez de
repetidos fracasos, te has dicho en varias ocasiones: "Esta vez,
sí. Lo voy a lograr". Pero saliste y fallaste de nuevo.
Contemplando el pasado desde la perspectiva de hoy, tal vez lo único que
puedes ver es un fracaso encima de otro fracaso... miles de veces.
Quizás algunos de ustedes se sientan tan desanimados hoy que
están pensando: "¿Para qué? Mejor me rindo. Puede ser
que este evangelio funcione bien para otros. Pero no a mí, sí, no
me funciona. Ya soy un caso perdido. Nunca voy a poder alcanzar la meta".
¿Así te sientes tú ahora? ¿Has
decidido que ya no vas a volver a intentarlo, porque de nada sirve? ¿Has
decidido volver al mundo para buscar en él tu fortuna o algún placer
vacío? ¿Piensas que mejor hubiera sido ser una persona
completamente mundana, quien ni procuraba fingirse ser cristiano, en lugar de
pretender ser un discípulo del Señor Jesús?
Pues, precisamente así se sintieron
aquellos apóstoles cuando decidieron volver a la pesca. Y el
Señor los dejó ir. Es como si les hubiera dicho:
"Está bien. Denle. Vuelvan a la pesca a ver si tienen
éxito". Y Pedro con sus amigos intentaron pescar toda la noche -- y
tuvieron un fracaso total. En toda la
vida, jamás habían pasado una noche tan desalentadora como
aquella noche.
Media vez Dios te ha llamado a ser suyo, no te
va a soltar. Él ordenará las cosas para que tú
también falles en la pesca ¡o en cualquier otro proyecto que intentes! Esfuérzate tanto como
quieras, pero fallarás. El amor de Dios no permitirá que
malgastes la vida en cosas sin valor. Así que si tratas de
corrértele, a todos los lugares adonde fueres y a todo lo que pongas tu
mano para hacer, serás un fracasado -- hasta que vuelvas a Él.
Pero esto no se aplica a los que no han sido llamados por el Señor.
Hay muchos negociantes infames y muchos políticos que se han ganado
mucho dinero sucio, quienes todavía viven con buena salud - sin Dios. ¿Por
qué lo permite Dios? Porque no son hijos de Él. Pero ahora no estoy
hablando de ellos. Estoy hablando contigo,
a quien Dios ha llamado desde antes de la fundación del mundo para que
seas de Él.
En realidad había muchos peces en el mar
de Galilea, y estoy seguro que los demás pescadores pescaron bastantes
aquella noche. Los pescados se acercaron a los demás barcos. Pero Dios
los ahuyentó del barco de Pedro de modo que ni un solo pez se
acercó al barco suyo. Posiblemente aquellos otros pescadores se
acercaron al barco de Pedro para contarle qué buena pesca que hubo
aquella noche. ¡Y esto ha de haber infundido en Pedro y sus amigos un
gran deseo de saber por qué no pescaban nada!
¿Alguna vez te entraría la duda
de por qué nunca has tenido éxito económico como los
demás? ¿Quisieras saber por qué tu negocio no prospera
como los negocios de otros? Los demás parecen estarse enriqueciendo,
pero parece que la prosperidad se corre cada vez que te mira. Es porque el
llamamiento de Dios está sobre tu vida, y Él quiere que tengas
algo mejor que lo que tienen todos aquellos mundanos.
Pedro comenzaba a dar la espalda al llamamiento
de Dios en su vida y Dios se vio obligado a quebrantarlo una vez más,
haciéndole fracasar. Los apóstoles habían comenzado a
pescar por ahí a las seis de la tarde. Pero Jesús no se les
apareció sino hasta aproximadamente las cinco de la mañana del
siguiente día. El Señor bien sabía que Pedro no iba a
pescar nada aquella noche. ¿Por qué, pues, no se apareció
antes--tan pronto como hubieron salido--para que no perdieran su tiempo? ¿Por
qué no vino a ellos por lo menos para las nueve de aquella noche? ¿Por
qué esperaría hasta las cinco de la siguiente mañana? ¿Por
qué esperaría hasta que sus fuerzas estaban agotadísimas
después de luchar once largas horas si éxito?
Al hallar la respuesta a esta pregunta
hallaremos también los designios de Dios en dejarnos fallar. Allí
es donde vamos a ver el propósito de Dios en los fracasos del hombre.
Allí llegaremos a comprender por qué Él nunca vino a
socorrernos en el pasado, mientras aún luchábamos y a pesar de
nuestros repetidos gritos pidiendo auxilio. Allí se hará claro el
por qué muchas de nuestras preguntas sinceras aún quedan sin
contestación.
Cuando Pedro y sus amigos salieron a pescar a
las seis de la tarde, no eran unos
fracasados. Rebozaban de esperanza. Para las nueve de la noche, cuando
aún no habían pescado nada, tal vez comenzaron a sentirse un poco
desanimados. Pero sus esfuerzos aún no podían llamarse un "fracaso total". A lo mejor para la
medianoche estaban bien deprimidos. Para las cuatro de la mañana el siguiente
día comenzaron a perder toda esperanza. Pero todavía
tenían que convertirse en un grupo de fracasados de remate.
Para que esto se hiciera realidad, tuvieron que fallar aún más.
El gráfico de su confianza personal ya iba bajando. Pero tenía
que bajar hasta cero -- hasta el fondo de la fosa. Y esto sucedió
únicamente a las cinco de la mañana. Al llegar a este punto, ya
estaban listos para rendirse. A lo mejor se dijeron unos a otros: "¿De
qué sirve seguir intentando? Regresemos a la casa".
Y allí fue donde el Señor se les
apareció. Así obra Dios. Y el Señor llenó sus redes
a más no caber. Jamás en la vida habían tenido una pesca
semejante. Aquella mañana pescaron 153 grandes peces. En un "buen" día en el pasado, a lo
mejor pescaron unos 20 o si mucho 30 pescados. Pero lo que se dio aquí
fue un verdadero milagro. Jamás ninguno había agarrado tantos
pescados en un solo día en aquel mar. ¡Esta pesca había
batido todos los récords en la historia de
Galilea! Y a ellos les quedaría grabado en la memoria para siempre que
el Señor había obrado un milagro para ellos, ¡justamente cuando habían abandonado toda esperanza!
¿Estás casi por abandonar toda
esperanza? ¿No sabes ni qué camino agarrar ni que te tocar hacer
ahora, porque todas las cosas que has intentado te han traído
únicamente desilusión y fracaso? Si así es, muy
probablemente estás bien cerca del lugar donde el Señor se te va
a aparecer. No te rindas. Sólo está esperando hasta que tu
confianza propia baje a cero. Y si no te ha venido todavía, sólo
significa que el gráfico de tu confianza propia aún no ha bajado
a cero. Él ve que todavía te queda un poco de fuerza carnal, la
cual tiene que aplastarse. ¡Lázaro tuvo que morir y ser sepultado
antes que viniera el Señor!
Cuando por fin se apareció Jesús
a orillas del lago aquella mañana, ¿qué fue lo que les
preguntó? Bien se daba cuenta de que no tenían pescados. Sin
embargo, les pregunto: "Muchachos, ¿tienen pescados?" Tal vez
ningunos se atrevió a contestarle al principio. Tal vez tuvo que
preguntarles por segunda vez. Entonces dijeron que "No". Admitieron
su fracaso. Fueron honrados -- como lo fueron Jacob y Job antes que ellos.
Sólo eso esperaba el Señor que admitieran -- que eran unos
fracasados.
Una de las cosas que me ha traído el
mayor gozo en mi vida ha sido el descubrimiento de esta gloriosa verdad: Lo que más nos exige el Señor
en cualquier momento de nuestra vida es la honradez.
Al verla, puede obrar un milagro para nosotros.
"¿Tienen peces?" "No". "Echen la red a la
derecha de la barca". ¡Y he aquí, sucede un milagro!
"¿Cómo te llamas
tú?" "Me llamo
Engañador". "Tú ya no te vas a llamar
Engañador, sino Príncipe de Dios". Y he aquí, sucede
otro milagro.
Así son los caminos de Dios, hermanos
míos.
Lo único que Dios nos exige es la
honradez.
¿No puedes tú ejercer la honradez
con Él ahora?
Nuestra iglesia es como un hospital. Todos
somos pacientes aquí. No somos ni especialistas ni expertos. Algunos de
nosotros llevamos más tiempo en este hospital que otros. Pero todos
somos pacientes. Sólo hay un Médico -- Jesucristo mismo. En
nuestro medio no existen médicos asesores ni especialistas. Los tales se
encuentran entre la gente confiada en su propia justicia dentro de las sectas
falsas, y no en la iglesia del Dios vivo. Todos son bienvenidos dentro de nuestro
hospital. Entre más seria es tu enfermedad, tanto mayor es tu necesidad
de estar entre nosotros y hallar sanidad. Nuestro mensaje es sencillamente
esto: "Cristo Jesús vino al
mundo para salvar a los pecadores -- de los cuales nosotros somos los primeros".
Dios se reúne con los que nada merecen.
El publicano oró, diciendo: "Dios,
sé propicio a mí EL pecador" (Lucas 18:13-traducción
literal del griego). Él se tituló "EL pecador". Lo que
quiso dar a entender fue que a su criterio ¡todos los demás eran
santos a comparación de él! En sus propios ojos, ¡él
era el único pecador sobre la faz de la tierra! Jesús
dijo que aquel hombre regresó a su casa justificado. Únicamente a tales personas justifica Dios.
Déjame compartir contigo algo del
verdadero significado de esta palabra "justificar".
Es una palabra linda y libertadora (Lucas
18:14).
Mira las páginas de un libro. ¿Ves
cómo todas las líneas de texto terminan cabalmente en el margen
derecho? Así como comienzan en el margen izquierdo, así terminan
en el margen derecho. En el lenguaje de las computadoras, ¡esto se llama
la justificación! Aunque las
líneas de texto no contienen la misma cantidad de letras, sin embargo,
la computadora alinea perfectamente el margen derecho. Ahora, si escribieras
algo en tu computadora sin "justificarlo", hallarías que el
margen derecho queda irregular. Así nos salían las páginas
de antaño cuando usábamos máquinas manuales de escribir.
Nos era imposible escribir siquiera una sola página que tuviera todas
las líneas de texto del mismo largo. Pero ahora vemos el milagro de la
"justificación" -- y
esto no se logra únicamente por medio de separar con guiones cada
palabra que caiga al fin de cada línea. No. Si miras las páginas
de un libro, verás que normalmente no hay nada de guiones, porque esto
también se miraría feo. La computadora ajusta los espacios entre
las palabras de cada línea de texto para que cada línea quede
nítidamente "justificada".
Aunque ya tienes unas treinta líneas de
texto escritas con un margen irregular, puedes darle el comando a la
computadora de justificar todo lo que ya quedó escrito -- y qué
maravilla, con oprimir una sola tecla, ¡quedan justificadas todas las líneas de texto!
Dios hace precisamente la misma cosa con
nosotros cuando nos justifica.
Digamos que has hecho un lío terrible de tu vida, y cada día de
tu vida pasada ha terminado con un borde irregular y feo. Pero si acudes a
Cristo, Dios te JUSTIFICA en un instante! Cada
línea de tu vida pasada se transforma perfectamente
-- como si nunca hubieras pecado siquiera una vez en toda tu vida --
ningún margen irregular, únicamente un borde perfectamente recto.
¿Verdad que es maravilloso eso? Lo que
hace la computadora para nuestras páginas, Dios lo hace para nuestra
vida. Aquí vemos una ilustración de la palabra "justificación" que se aplica
al siglo veintiuno.
Déjame decirte otra cosa más.
Media vez le damos a la computadora el comando de "justificar", cada línea de texto que escribimos después de eso también
queda automáticamente justificada, alineándose perfectamente con
las demás líneas. La justificación se aplica tanto a
nuestro futuro como a nuestro pasado. ¡Qué maravilloso es
este evangelio!
Ahora Dios nos ve en Cristo. Ya no tenemos
ninguna justicia propia de qué jactarnos. Cristo mismo es nuestra
justicia.
Cuando
Dios nos justifica, será como si nunca hubiéramos cometido ni un
solo pecado ni error en toda la vida. Y
somos justificados continuamente por la sangre de Cristo - porque conforme
andamos en luz, la sangre de Cristo nos limpia continuamente de todos nuestros
pecados -- tanto los pecados conscientes como los inconscientes.
Uno de los errores más grandes que
podemos cometer al leer las Escrituras es tratar de usar la misma
metodología lógica que usamos cuando resolvemos un problema de matemática.
No podemos llegar a comprender la mente de Dios en esta forma, ¡ya que
Dios no obra conforme la lógica de matemática! Así que no
podemos usar la lógica para averiguar si aún nos es posible
llevar a cabo el perfecto plan de Dios para nuestra vida después que
hemos cometido tantos errores en el pasado. Según la lógica de
aritmética, esto es imposible, ya que en una suma, si tan solamente uno
de los pasos contiene un error, la respuesta final siempre estará mal.
Si usas esta clase de razonamiento, tendrías
que concluir que si te desviaste de la voluntad de Dios una vez en el pasado
(sea a los 2 años de edad o a los 52 años de edad... realmente no
importa), jamás podrás cumplir con la perfecta voluntad de Dios
ahora, por mucho que te esfuerces y por profundamente que te arrepientas -- ya
que con un problema de aritmética, no importa en qué paso te
equivocas (puede ser el paso número 2 o el paso número 52), ¡todavía
te saldrá mal la respuesta final!
Pero Dios dice: "Mis caminos no son vuestros caminos" (Isaías 55:8, 9).
Gracias a Dios que su plan para nuestra vida no
obra conforme los principios de la aritmética. Si fuera así, ni
un solo ser humano (ni siquiera el apóstol Pablo) habría podido
llevar a cabo el perfecto plan de Dios. Porque todos hemos fallado en alguna
ocasión u otra. Hasta hemos fallado después
de ser creyentes -- tantísimas veces.
Hemos pecado deliberadamente y a
sabiendas también, después de ser creyentes. Todos los que
son veraces luego reconocerán que esto es así. Pero la maravillosa
verdad es que aún hay esperanza para
cada uno de nosotros.
La matemática condena sin misericordia a
todos los que cometan el error más pequeño. No hay lugar siquiera
para un errorcito chiquito. 2 + 2 no son 3.999999999. Tienen que ser
exactamente 4, ni más ni menos.
Pero los planes de Dios no funcionan como la
aritmética. En su plan, los fracasos son necesarios. No existe ninguna
manera por medio de la cual ninguno de nosotros podemos llegar a ser
quebrantados sino sólo mediante los fracasos. Así que bien
podríamos decir que los fracasos ocupan un lugar importantísimo
en el curso de estudios de nuestra educación espiritual.
Jesús fue el único que
vivió sin fallar jamás. Pero los demás (aun los mejores)
hemos tenido que ser quebrantados por Dios por medio de los fracasos. Hasta
Pedro y Pablo tuvieron que ser quebrantados por sus repetidos fracasos.
Por tanto, regocíjate en el mensaje del
evangelio, y que la benignidad de Dios te guíe al arrepentimiento. Que
te guié a una vida de gozo y de descanso perfecto en Dios -- un descanso
que se produce únicamente con el conocimiento de que Dios "te ha aceptado (permanentemente) en su amado Hijo" (Efesios 1:6).
Todos los días cometemos tantos errores.
Nos deslizamos y caemos en pecado -- aunque sea por accidente o
inconscientemente. A veces se nos amontonan tanto las presiones de la vida que
nos deprimimos y nos desanimamos, y allí es cuando nos vienen aun
más tentaciones de pecar. Dios entiende estas presiones y es compasivo.
No nos dejará ser tentados más allá de nuestra capacidad
de resistir, sino que nos proveerá una escapatoria. Él puede
enderezar todo lo torcido en cada una de nuestras vidas.
La vida cristiana no funciona según la
lógica humana. Funciona según el milagroso poder, la perfecta
sabiduría y el perfecto amor de un Padre celestial.
Ninguno puede mecanografiar su vida con
líneas perfectas, produciendo un margen perfectamente recto. Es Dios
quien nos justifica a todos nosotros -- aun los mejores de nosotros.
Jamás hombre alguno podrá jactarse ante Dios.
Seamos misericordiosos, pues, con otros que han
luchado y han fallado en las batallas de la vida, porque todos nosotros
también hemos fallado, y todos hemos recibido mucha misericordia de
parte de Dios.
Déjame decirte esta palabra final en
nombre de Jesús: TÚ PUEDES COMENZAR AHORA MISMO EN EL
LUGAR DONDE TE ENCUENTRES Y AÚN CUMPLIR EL PERFECTO PLAN DE DIOS PARA TU
VIDA.
Y si fallas mañana, corre inmediatamente
a Dios en arrepentimiento y Él te justificará de nuevo.
No digas nunca que este evangelio no
funcionará en el caso tuyo. Si te da la tentación de decirlo, es
porque has pasado demasiado tiempo escuchando a los maestros falsos, a los
predicadores legalistas y al mismo diablo. Deja de escucharles. Deja de leer
sus libros y comienza a escuchar a Dios y su Palabra de aquí en
adelante. Confiesa lo que dice la Palabra de Dios.
Que no falle tu fe en el momento de la prueba.
Oremos unos por otros, como nuestro
Señor también ora por nosotros.
Amén y Amén.
CAPÍTULO DOS
El perfecto plan de Dios para los que han fallado
Hay
tantos hermanos y hermanas que sienten que por haber pecado y fallado a Dios en
algún punto en sus vidas pasadas, ya no pueden cumplir el perfecto plan de Dios para sus vidas
ahora.
Miremos ahora lo que las Escrituras nos dicen sobre
esta cuestión sin depender de nuestro propio sentido de lógica ni
de nuestro entendimiento.
Nota primeramente cómo comienza la
Biblia.
"En
el principio creó Dios los cielos y la tierra" (Génesis
1:1). Los cielos y la tierra deben haber sido
perfectos cuando Dios los hizo, porque nada imperfecto ni incompleto puede
proceder de su mano.
Pero algunos de los ángeles que
Él había creado cayeron. La descripción de esta
caída se relata en Isaías
14:11-15 y Ezequiel 28:13-18. Fue entonces que la tierra llegó a las
condiciones descritas en Génesis 1:2 -- "desordenada, vacía y tenebrosa".
El resto de Génesis
1 describe cómo Dios trabajó con aquella masa sin forma,
vacía y tenebrosa y la hizo algo tan hermoso que Él mismo lo
pronunció "bueno en gran
manera" (Génesis 1:31).
Leemos en Génesis 1:2, 3 que
el Espíritu de Dios se movió sobre la faz de la tierra, y Dios
habló su Palabra -- y esto fue lo que produjo la diferencia.
¿Qué mensaje se ve para nosotros
hoy día en todo esto?
Es sencillamente esto: No importa cuánto
hayamos fallado y arruinado nuestras vidas, Dios todavía puede convertir
nuestras vidas en algo glorioso por medio de su Espíritu y su Palabra.
Dios tenía un plan perfecto para los
cielos y la tierra cuando los creó. Pero este plan se tuvo que dejar a
un lado debido al fracaso de Satanás. Pero Dios volvió a hacer
los cielos y la tierra y todavía produjo algo "bueno en gran
manera" de todo el caos.
Ahora consideremos lo que sucedió
después.
Dios hizo que Adán y Eva volvieran a
comenzar desde el principio. Dios tiene que haber tenido algún plan
perfecto para ellos también, el cual muy claramente no puede haber
incluido su caída en el pecado, comiendo del árbol de la ciencia
del bien y del mal. Pero sí comieron del fruto del árbol
prohibido y así frustraron el plan original de Dios para ellos -- sea
cual haya sido aquel plan.
La lógica ahora nos indica que ya no les
sería posible cumplir el perfecto
plan de Dios. Sin embargo, podemos ver que cuando Dios se les acercó en
el huerto, no les dijo que de aquí en adelante se tendrían que
contentar con su plan número dos por el resto de sus vidas. No.
Él les promete en Génesis
3:15 que la simiente de la mujer heriría la cabeza de la serpiente.
Esto fue una promesa de que Cristo moriría por los pecados del mundo y
vencería a Satanás en el Calvario.
Ahora ponte a analizar este hecho a ver si con
el razonamiento lo puedes comprender.
Sabemos que la muerte de Cristo fue una parte
del perfecto plan de Dios desde la
eternidad. "El Cordero que fue
inmolado desde el principio del mundo" (Apocalipsis 13:8). Pero
también sabemos que Cristo murió únicamente porque Adán y Eva pecaron y le
fallaron a Dios. Por tanto, lógicamente, tenemos que concluir que el perfecto plan de Dios para enviar a
Cristo para morir por los pecados del mundo no fue cumplido a
pesar del fracaso de Adán, ¡sino debido al fracaso de Adán!
Nunca habríamos conocido el amor de Dios como fue demostrado en la cruz
del Calvario, si no hubiera sido por el pecado de Adán.
Esto confunde nuestro sentido de lógica,
y es por esto que las Escrituras nos amonestan que "no nos apoyemos en nuestra propia prudencia" (Proverbios
3:5).
Si Dios obrara según la lógica de
la aritmética, luego tendríamos que decir que la venida de Cristo
a la tierra no fue el perfecto plan de Dios, sino que fue su plan número
dos. Pero sería blasfemia afirmar esto. Esto constituyó una parte
del perfecto plan de Dios para el
hombre. Dios no comete errores. Pero como Dios es todopoderoso y eterno, y como
Él ya sabe el fin desde el principio, y puesto que siempre está
haciendo sus planes por nosotros en amor, nos falla nuestro razonamiento humano
cuando tratamos de explicar sus tratos con nosotros.
Los
caminos de Dios no son nuestros caminos y sus pensamientos no son nuestros
pensamientos. La diferencia entre ellos es tan enorme como
lo es la distancia entre los cielos y la tierra (Isaías 55:8, 9). Por tanto, bueno es para nosotros dejar a
un lado todos nuestros razonamientos tan astutos y nuestra lógica cuando
tratamos de entender los caminos de Dios.
¿Cuál es el mensaje que Dios
está tratando de comunicarnos desde las primeras páginas de la
Biblia? Es esto: Dios puede tomar a un hombre quien ha fallado y hacer de él algo glorioso y hacer cumplir
en él el perfecto plan de Dios
para su vida.
Esto es el mensaje de Dios para el hombre - y
nunca debemos olvidarlo: Dios puede tomar a un hombre que ha fallado
repetidas veces y aún hacerlo cumplir su perfecto plan -- no el plan
número dos -- sino el mejor plan de Dios.
Esto se debe a que aun el fracaso puede haber sido una parte del perfecto plan de Dios
para enseñarle algunas lecciones inolvidables. Es imposible que la
lógica humana alcance comprender esto, porque distamos mucho de conocer
a Dios.
Dios puede usar únicamente a los hombres
y las mujeres que han sido quebrantados. Y un medio que Él usa para
quebrantarnos son los repetidos fracasos.
Uno de los mayores problemas que Dios tiene en
sus tratos con nosotros es bendecirnos de tal forma que no nos infle de
orgullo. Alcanzar la victoria sobre el enojo, y luego sentirnos orgullosos de
ello, ¡es caer en una fosa más honda que aquella donde
estábamos antes! Dios nos tiene que mantener humildes en nuestra
victoria.
Una victoria genuina sobre el pecado siempre es
acompañada de una profunda humildad. Es precisamente aquí donde
se ve el papel que desempeñan los múltiples fracasos en destruir
nuestra confianza en nosotros mismos para que quedemos convencidos de que la
victoria sobre el pecado no es posible fuera de la gracia de Dios. De
allí, cuando por fin alcancemos la victoria, nunca podemos jactarnos de
ella.
Lo que es más, cuando hemos fallado
repetidamente, nunca podemos menospreciar a otro que falla. Podemos
compadecernos de los que caen, porque hemos llegado a comprender la debilidad
de nuestra propia carne por medio de nuestras propias caídas
innumerables. Podemos "mostrarnos
pacientes con los ignorantes y extraviados, puesto que nosotros también
estamos rodeados de debilidad" (Hebreos 5:2).
Oyendo tal mensaje, el razonador lógico
podría concluir: "¡Vamos
a pecar tanto más ahora para que algo bueno pueda resultar!"
Romanos
3:7, 8 contesta a tal hombre con las siguientes
palabras (en paráfrasis): "Dices
tú: 'Mi mentira trajo gloria a Dios por medio de señalar su
veracidad'. Si sigues ese razonamiento hasta su conclusión,
llegarás a esto: ¡Entre peores llegamos a ser, tanto más le
agrada a Dios! Pero es justa la condenación de los que dicen tales
cosas".
No, no predicamos que debemos pecar para que
algo bueno pueda resultar. Tampoco decimos que podemos abusarnos de la gracia
de Dios y seguir desobedeciendo a
Dios, retándole deliberadamente,
y todavía evitar la cosecha de lo que hemos sembrado. No.
Pero sí afirmamos que los razonamientos
humanos no alcanzan comprender la gracia de Dios para con los hombres
caídos. Nada es imposible para Dios -- ni siquiera el traernos dentro de
su perfecta voluntad después que le hemos fallado miserablemente un
sinfín de veces. Lo único
que puede impedirle es nuestra incredulidad.
Si tú dices: "Pero tantas veces he
hecho un lío de mi vida. Es imposible ahora que Dios me haga cumplir su
plan perfecto", luego en verdad
será imposible que Dios lo haga, porque
TÚ no puedes creer en lo que Él puede hacer para ti. Pero
Jesús dijo que no hay nada que le sea imposible a Dios hacer por
nosotros -- si tan solamente creemos.
"Conforme
a tu fe te sea hecho", es la ley de Dios en todos
los asuntos (Mateo 9:29).
Alcanzaremos aquello para lo cual tenemos fe.
Si creemos que es imposible que Dios
haga algo por nosotros, luego seguramente no
será cumplido en nuestras vidas.
Por otra parte, descubrirás en el
tribunal de Cristo que otro creyente, quien hizo un lío aun más grande de su vida que el
que tú has hecho de la tuya, cumplió
el perfecto plan de Dios para su vida -- sencillamente porque creyó que Dios podría recoger
los pedazos quebrados de su vida y convertirlos en algo "bueno en gran manera".
¡Qué pesado será tu remordimiento en aquel día,
cuando descubras que no fueron tus fracasos
(por numerosos que hayan sido) los que frustraron el plan de Dios en tu vida, ¡sino
tu incredulidad!
La historia del hijo pródigo, quien
malgastó tantos años de su vida, demuestra que Dios da lo mejor
que tiene aun a los fracasados. El padre dijo: "Rápido. Saquen el mejor
vestido", para darle a uno que le había fallado tan
terriblemente. Esto es el mensaje del evangelio -- un nuevo inicio, no
sólo una vez, sino una y otra vez
-- porque Dios nunca se rinde en sus
tratos con ninguno.
La parábola del dueño de una
viña quien salió para contratar obreros (Mateo 20:1-16) también enseña la misma
lección. Los hombres que fueron contratados a la hora undécima
fueron los que recibieron primero su salario. En otras palabras, los que
habían desperdiciado un 90% (11/12) de su vida, no haciendo nada de valor
eterno, todavía podían hacer algo glorioso para Dios con el 10%
de su vida que les quedaba. Esto ofrece un tremendo ánimo a todos los
que han fallado.
"Para
esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer (o disolver) las obras del
diablo" (1 Juan 3:8).
Lo que significa este versículo es que
Jesús vino "para desatar
todos los nudos que el diablo ha atado" en nuestras vidas.
Considéralo de esta forma: Cuando nacimos, podríamos decir que
Dios nos entregó a todos una bola de hilo perfectamente enrollado. Conforme
comenzamos a vivir cada día, empezamos a desenrollar aquella bola de
hilo y comenzamos a hacer nudos (con el pecado). Hoy, después de muchos
años de desenrollar el hilo, nos desesperamos al ver todo el enredo de
miles de nudos que quedaron. Pero Jesús ha venido para "desatar los nudos que el diablo ha
atado". De manera que hay esperanza aun para aquellos cuyo hilo tiene
más nudos que cualquier otro. El Señor puede desenredar cada
nudo y entregarte de nuevo una bola de hilo perfectamente enrollado. Esto es el
mensaje del evangelio: Tú puedes hacer un nuevo inicio.
Dices tú: "¡Eso es
imposibles!" Está bien. Será hecho contigo conforme a tu fe. En tu caso, sí será imposible. Pero luego oigo la voz
de otro, cuya vida está más enredada que la tuya, quien dice: "Sí, yo creo que Dios
hará esto en mí". A él también, le
será hecho conforme a su fe.
En la vida de él, será
cumplido el perfecto plan de Dios.
En Jeremías
18:1-6, Dios habló su Palabra a Jeremías mediante una
ilustración práctica. Se le dijo a Jeremías que fuera a la
casa de un alfarero, y allí vio él al alfarero en el proceso de
formar una vasija. Pero la vasija "se
echó a perder" en mano del alfarero. Luego, ¿qué
hizo el alfarero? "Volvió y
la hizo otra vasija, según le pareció mejor hacerla".
Luego vino la aplicación: "¿No podré yo, oh _________, hacer de ti como este alfarero?",
fue la pregunta del Señor (v. 6).
(Escribe tu nombre en el espacio en blanco, y quedará la pregunta cabal
a tu medida).
Si existe una tristeza piadosa en tu vida por
todos tus fracasos, luego aunque tus pecados sean como la grama o rojos como el
carmesí, no sólo tu corazón se volverá tan blanco
como la nieve -- tal como fue la promesa bajo el antiguo pacto (Isaías 1:18) -- sino que Dios
promete mucho más bajo el nuevo pacto: "Nunca más me
acordaré de tus pecados" (Hebreos 8:12).
No importa qué hayan sido tus errores o
fracasos, tú puedes comenzar de nuevo con Dios. Y aunque hayas hecho mil
inicios nuevos en el pasado y volviste a fracasar, puedes iniciar de nuevo hoy
por milésima primera vez. Dios todavía puede hacer algo glorioso
de tu vida. Mientras haya vida, hay esperanza.
Por tanto, no dejes de confiar en Dios. No
puede hacer muchas obras maravillosas para muchos de sus hijos, no porque le han fallado en el pasado, sino porque no quieren confiar en
Él ahora.
Démosle gloria a Dios, fortaleciéndonos en fe (Romanos 4:20),
confiando en Él en los días venideros para llevar a cabo las
cosas que hasta ahora habíamos tenido por imposibles.
Todas las personas -- tanto jóvenes como
ancianos -- pueden tener esperanza, no importa cuánto hayan fallado en
el pasado, si tan solamente reconocen sus fracasos, son humildes y
confían en Dios.
Así todos podemos aprender de nuestros
fracasos y seguir adelante para cumplir el perfecto plan de Dios para nuestras
vidas.
Y en los siglos venideros, Él
podrá señalarnos ante la vista de los demás como ejemplos
de lo que Él pudo hacer con los que habían tenido vidas
totalmente fracasadas.
En aquel día Él mostrará
lo que pudo hacer en nosotros, mediante "las
abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo
Jesús" (Efesios 2:7). ¡Aleluya!
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