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1. Marzo 2008
Una Actitud Mandona - Zac Poonen

Nuestro Señor fue un siervo, pero desafortunadamente los líderes y misioneros cristianos son muchas veces amos-jefes.

Necesitamos re-aprender la lección que Jesús buscó tan pacientemente enseñar a sus discípulos. A ellos, les dijo después de lavar sus pies, "Los reyes de las naciones oprimen a sus súbditos... No sea así entre ustedes. Al contrario, el mayor debe comportarse como el menor, y el que manda como el que sirve. Porque, ¿quién es más importante, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No lo es el que está sentado a la mesa? Sin embargo, yo estoy entre ustedes como uno que sirve." (Lucas 22:25-27-N.V.I.). Oh, cómo esas palabras deberían convencernos de pecado por nuestra actitud mandona hacia aquellos que están bajo nosotros. Cómo debería humillarnos el ejemplo de nuestro Señor. Que el Señor nos quite nuestras ideas falsas y mundanas de auto-respeto y dignidad, y superioridad racial que todavía pudiéramos estar sintiendo. Que Él nos enseñe que la verdadera marca de grandeza en el Reino de Dios es ser un siervo, aquel que derrama el agua en los pies, como lo hizo Jesús.

Que Dios nos ayude a tomar el lugar de abajo no sólo ahora sino hasta el fin de nuestras vidas. Que no busquemos nunca el honor y el respeto y la obediencia de nuestros hermanos en ningún momento, ni siquiera cuando pensemos que somos trabajadores de mayor categoría en la viña del Señor. En nuestra actitud hacia otros, que reconozcamos siempre que ellos son los amos y nosotros los siervos- incluso cuando nuestra posición oficial en el acomodo administrativo de la iglesia sea mayor que el de ellos e incluso cuando seamos mayores en edad y experiencia. Mientras más alto vayamos, que sea mayor nuestra responsabilidad de servir a otros.

2 Corintios 4:5 es un versículo muy retador en este aspecto. Pablo dice ahí (parafraseando sus palabras) "Predicamos dos cosas: Con nuestros labios proclamamos a Jesucristo como Señor. Y con nuestra vida nos proclamamos como sirvientes de ustedes por Cristo."

Hermanos y hermanas, este es nuestro mensaje doble; y lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Este es el evangelio completo. Que nunca seamos culpables de proclamar sólo la mitad de él, ya que sólo cuando este mensaje sea proclamado en su totalidad los paganos verán a Cristo santificado en nosotros. Es la falta de esto la que obstaculiza tanto el trabajo del Señor en nuestra tierra ahora.

Si hemos de ser siervos, debemos ser genuinamente humildes. No debemos confundir condescendencia con humildad. Es fácil ser condescendiente. Incluso los políticos egoístas lo son. Podemos tener una opinión ensoberbecida de nosotros mismos en nuestro corazón, pensando que somos gente importante y luego condescender con los menos importantes y pensar erróneamente que eso es humildad. No, eso no es humildad en lo absoluto.

La humildad genuina requiere que yo reconozca que ante los ojos de Dios no hay diferencia alguna entre yo y cualquier otro. Todas las distinciones naturales que existen entre mí y los demás son causadas por las circunstancias, factores ambientales, etc., y han sido erradicadas en la cruz. La cruz de Jesús reduce todo a cero. Si eso no ha sucedido en mi vida, eso sólo indica que no he comenzado a estimar a otros como mayores a mí, como Filipenses 2:3 nos ordena. Una vez que hayamos sido reducidos a cero, se hace muy fácil tomar el lugar de abajo, por voluntad propia y con gozo. Y de esa manera también es muy fácil que Dios cumpla Su propósito a través de nosotros.

Mientras Moisés (de 40 años de edad) sentía que él era el líder del pueblo de Dios, Dios no lo pudo usar (Hechos 7:25). Dios tuvo que llevarlo al desierto por otros 40 años para quebrantarlo. Finalmente, Moisés llegó a un momento en el que dijo "Señor, yo no soy el hombre correcto para este trabajo. Soy inútil. No puedo ni siquiera hablar" (¡Y él realmente lo sentía; no fue falsa humildad como cuando algunas personas dicen ese tipo de cosas!) Sólo entonces Dios lo pudo usar, ya que por fin Moisés había muerto a sí mismo. A los 40 años de edad, en sus propias fuerzas, lo único que Moisés pudo hacer fue enterrar a un egipcio bajo la arena. Después de que Dios lo hubo quebrantado, enterró a todo el ejército egipcio en el Mar Rojo. Este es el resultado del quebrantamiento.

No es suficiente que el Señor tome cinco hogazas de pan y las bendiga. Deben ser rotas antes de alimentar a la multitud. Este es un proceso que tiene que ser repetido constantemente en nuestras vidas. Dios nos toma, nos bendice, nos quebranta y nos usa. Y luego tendemos a exaltarnos porque hemos sido usados para alimentar a tantos. Así que nos tiene que tomar y romper de nuevo. Y ese proceso sigue por toda nuestra vida.

Por eso debemos buscar su quebrantamiento. Cuando un pequeño átomo es quebrantado, ¡que gran poder es desatado! Imagínese el poder que podría ser desatado si tan sólo los líderes de nuestras iglesias y las congregaciones fueran quebrantados por Dios.

   
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